La Calle de Córdoba XXI

domingo, 19 de febrero de 2017

Igualdad y justicia; el gran soufflé de chocolate de la nouvelle cousine del eunuco jurisdiccional.


La idea de igualdad y su vinculación al derecho y la justicia procede de una raíz sánscrita (díkê) que hace referencia al concepto genérico de «línea recta» emulando la idea astronómica de la «línea del horizonte» cuando la Tierra se consideraba plana y por tanto esta línea de horizonte dividía aparentemente el cosmos en dos partes presuntamente equiparables, aunque armónicamente contrapuestas; la tierra y el cielo.

Es posible que esa misma analogía fronteriza de la línea del horizonte sirviera a Platón para formular su influyente cosmología de la separación entre el mundo de los hechos reales y el mundo de las ideas estableciendo la equivalencia entre realidad y percepción. Equivalencia que en el Derecho no es natural sino que está siempre mediatizada por el criterio del juez que valora la prueba con arreglo a su entendimiento; verdadero trono del omnímodo poder judicial.

El juez representa aquí la vieja regla de la rectitud del horizonte cosmológico mediante la invocación a la imparcialidad. Un concepto visagra del carácter esquizofrénico de la propia naturaleza geminada del juez. Si la justicia es ciega el Juez es su eunuco más empoderado toda vez que se define como un ser humano con su vellosidad sexual al mismo tiempo que asexuado (imparcial; “sin partes”) en su intelecto jurídico. Toda una aberración de la naturaleza humana; biológica y psiquiátrica.

Sin embargo Justicia y Derecho no son lo mismo toda vez que la justicia, además de la connotación jurídica, tiene un profundo significado moral autónomo. Un significado que proviene de la propia mitología de la divinidad y de su más íntimo atributo de infalible perfección de voluntad. Perfección de la que se nutre toda norma de género humano.

Se trata de una idea antiquísima, que puede rastrearse hasta el mundo hebraico-cristiano toda vez que el cristianismo no distingue entre derecho y moral dado el carácter omnipresente de la legislación divina. Idea que se expresa claramente tanto en el Antiguo Testamento (por ejemplo Deuteronomio, XXXII, 4; salmos,VII, 12) como en el nuevo (especialmente en las Epístolas de san Pablo a los Romanos,I,17;II,2;III21-26).

Justicia en la cultura occidental representa pues la virtud y la perfección moral del hombre justo. Sin embargo no es hasta el Rey Salomón que la justicia no se condimenta con el signifcado de igualdad en un puro acto judicial. Así el Antiguo Testamento recoge la primera sentencia igualitaria en un litigio de custodia paternal donde el célebre Rey Salomón toma la justicia a partes iguales cuando se cuenta que: “Entonces ordenó el Rey: ‘Traedme una espada’. Presentaron la espada al Rey y este sentenció: Cortad el niño vivo en dos partes y dad mitad a una y mitad a otra.” (Reyes, III, 25-26)
La igualdad entra en la justicia por la puerta de la barbarie y se asienta por el mismo camino con la Revolución Francesa y el empoderamiento del Brigadier General Napoleón Bonaparte cuando en las plazas de Lyon empezó a cañonear con metralla de clavos a los revolucionarios por miles de iguales. Corrían los tiempos de 1795.

Sin embargo la burguesía francesa que inventó el sistema repúblicano y consagró la separación de poderes proclamó la igualdad en un sentido social y político frente a la Ley toda vez que la idea central del nuevo republicanismo establecía que todas las personas tienen derechos y obligaciones ante el Estado y ante la Ley. No quiere esto decir que derechos y obligaciones fuesen para todos por igual.

Pero fue a partir de ahí que empezó a germinar la idea de la ausencia total de discriminación entre los seres humanos. Idea todavía inconclusa y harto polémica a estas alturas del siglo XXI.


No obstante, si bien la igualdad matemática es un concepto de éxito en los avances de la ciencia y la tecnología actual, la igualdad social y humana –incluso en la vertiente de ausencia de discriminación–, sigue siendo un concepto vacío que da forma de gigantesco soufflé acaramelado a otro de los falsos mitos que fundamentan la frágil arquitectura de la sociedad actual, junto con el de la justicia ciega y la satírica imparcialidad de los jueces.

Resulta, pues, irracional, ridículo, y hasta pueril, suponer que las infinitas inequidades que genera un modelo de sociedad de contínua fractura social a todas las escalas –locales, regionales y planetaria–, puede desaparecer, o allanarse, por el ejercicio de una justicia concebida y justificada en la absoluta conservación y protección del estatus quo dominante.
© 170219 PACO MUÑOZ

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